domingo, 4 de mayo de 2008

Comienza a lloviznar



Una gota cae constante en la cabeza de una persona que espera una micro. Esa gota
luego se convierte en un chorrito que cae desde el techo del paradero, pero la persona permanece inmóvil. Todos lo ven, aunque nadie lo entiende, quizás sea un loco o un excéntrico piensa la gente.

Él permanece parado mirando un punto fijo, parece como ido, como si realmente no supiera dónde ir. De pronto, hace un movimiento lento con la cabeza hacia el cielo, y murmura -no mojes más mi casa-.

En ese instante sucede el milagro. Deja de llover completamente y entre las nubes aparece un sol radiente y cándido. El hombre desconcertado mira hacia los lados, como buscando al responsable de tan bondadosa acción, pero como es de esperar no encuentra a nadie. Entonces sonríe, se sacude el pelo, se saca la húmeda chaqueta que llevaba encima, y termina por fin subiéndose a la micro.

Un vendedor de maní confitado que había observado con atención lo ocurrido, ocupa el mismo lugar del hombre anterior, parandose justo en aquella esquina del paradero. Espera unos segundos y exclama -necesito que vuelva a llover, porque así vendo más-. Pero no pasó nada. Entonces, se burlo de sí mismo unos instantes, comprendiendo lo lejos que puede llegar la casualidad y lo ingenuo que uno puede llegar a ser. Luego, siguió vendiendo el tetenpié olvidando completamente lo pasado.


Al final, los milagros son sólo cosa de gustos. Debo admitir que no me gusta ese maní confitado que venden en la calle (nunca es crujiente y a veces sabe amargo). Por otro lado, me molesta pensar que aún queda mucha gente que pasa frío en las noches, y aquel sufrimiento socava la esperanza. Eso, a pesar de que el asuntito de la lluvia sea algo completamente necesario de vez en cuando. Así, debo mantener cierto orden, pero sigue siendo mi consuelo saber lo fácil que es hacer estos milagros, sólo necesito que me demuestren un poco de esperanza y otro tanto de cordura. Pero normalmente escucho puras estupideces que terminan por aburrirme. ¿Acaso a nadie le importan las cosas importantes? Y yo que me siento ahora tan dispuesto a colaborar...